UNA PRESIDENCIA ENTRE SOL Y SOMBRA

Por Alain Délétroz

En la Europa de antes, la previa al Tratado de Lisboa, era posible clasificar el trabajo de las Presidencias rotatorias de la UE según su habilidad para reaccionar ante las crisis.  Estaban los que despertaban tarde, pero reaccionaban rápido, como la francesa ante el estallido de la guerra en Georgia, en agosto del 2008. Por otro lado, los que tenían suerte como Eslovenia, que sólo tuvo que hacer frente a la previsible declaración de independencia de Kosovo, cuyos problemas, tanto políticos como diplomáticos eslovenos, conocían de memoria y a fondo. Por último, estaban también los que fracasaron a todas luces, como la República Checa durante el bombardeo de Gaza. Los checos no lograron posicionar a la UE como actor en el conflicto a causa de la amistad que les unía a uno de los involucrados en la tragedia.

A diferencia de estas Presidencias, la española tenía como objetivo principal implementar el Tratado de Lisboa y ayudar a Herman Van Rompuy y a Catherine Ashton en la construcción de los nuevos servicios previstos en Bruselas. Sin embargo, los hechos han tomado un rumbo muy diferente: a los españoles les ha tocado nada menos que la crisis económica, los ataques al Euro, la clausura del cielo europeo por causa del volcán Eyjafjallajökull y las riñas incansables entre los Estados miembros sobre la estructura del nuevo Servicio Europeo de Acción Exterior.

Con semejante tarea, es comprensible que Madrid haya decidido escoger qué batallas pelear. Una de ellas, la puesta en marcha del Tratado de Lisboa, la ha llevado a cabo con gran empeño, discreción y realismo. El embajador español en el comité político escuchó las preocupaciones no sólo de los países miembros, sino también de los representantes de la sociedad civil. Precisamente esta paciencia fue premiada después del incidente con la flotilla internacional rumbo a Gaza: Madrid logró obtener un consenso entre los europeos para pedir a Israel que relajara el bloqueo.

Sin embargo, el mayor reto que le ha tocado a la Presidencia española aún queda por resolver: la explosión de violencia en el valle de Ferghana, en Kirguiszistán. Sin una intervención exterior el conflicto no se solucionará. Mientras el peligro de ver toda Asia Central sumirse en una violencia incontrolable crece cada día, seguimos a la espera de una reacción por parte de España. Mientras tanto, el gabinete de Ashton sí se encuentra elaborando una respuesta europea. ¿Será este el comienzo de una implementación exitosa del Tratado de Lisboa? Es decir, ¿las presidencias rotatorias y sus egos nacionales tendrán poco a poco que dar paso a las nuevas instituciones conjuntas en Bruselas?  En esto, la Presidencia española no ha fallado.   

Alain Délétroz es vicepresidente para Europa de International Crisis Group.

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