LA POLÍTICA EXTERIOR PRECISA DE UN REPLANTEAMIENTO POR ENCIMA Y MÁS ALLÁ DE EUROPA

Por José Ignacio Torreblanca

Este mes España llegará al final de su presidencia rotatoria de la Unión Europea. Lo hará con una mezcolanza de sentimientos. Por un lado, como país profundamente europeísta, estará orgulloso de haber facilitado la transición hacia el nuevo sistema de poderes previsto en el Tratado de Lisboa. Por otro lado, ha sido el primer país en tragarse la amarga medicina de aceptar el papel secundario que el tratado establece para las capitales nacionales.

Las incertidumbres sobre el tratado exigieron a España prepararse para una presidencia rotatoria tradicional en la que José Luis Rodríguez Zapatero, el presidente del Gobierno, y Miguel Ángel Moratinos, ministro de Exteriores, tendrían un especial protagonismo. Era una senda bien conocida que la diplomacia española ya había atravesado venturosamente durante las presidencias de 1989, 1995 y 2002. En esta ocasión, ha sido muy diferente. La llegada de Herman Van Rompuy y Lady Ashton como presidente de la UE y responsable de la política exterior respectivamente supuso que España estaba obligada a cederles el timón en dos de los asuntos más visibles: la gestión de la crisis financiera y la política exterior.

La crisis económica tuvo un impacto muy negativo sobre la imagen exterior de España y su margen de maniobra política en la UE. El país tiene una tasa de paro del 20%, tasa que no iguala ninguna de las grandes economías de la UE, y una acumulación explosiva de deuda. La promesa inicial de Zapatero de dirigir una presidencia transformadora y no meramente administrativa tuvo que archivarse. Sin embargo, hay factores estructurales más profundos que explican los problemas particulares de este turno de seis meses.

España es un país cuyos intereses nacionales y europeos coincidieron convenientemente durante muchos años. A pesar de la crisis económica, los casi 25 años transcurridos desde que se adhiriese a la UE han sido los mejores de su historia. No obstante, esos cómodos años se han quedado atrás. Al igual que el euro se ha sumido en una crisis, también lo ha hecho la política europea de España. Quizá sólo Alemania superó a España en fusionar con tal intensidad su identidad nacional con la europea, una de las razones importantes que permitió a Helmut Kohl y Felipe González colaborar con tanta armonía. La Alemania de Kohl –fue canciller entre 1982 y 1998- se ha convirtió en un país que miraba más hacia el futuro que hacia el pasado y que es tan global como europeo.

España ha de completar aún tal transformación que la permita cerrar su pasado y forjar su propia visión de Europa, el mundo y su papel en la escena internacional. Su política exterior tenía tres prioridades desde el inicio de la democracia: Europa, Iberoamérica y el Mediterráneo. No resulta difícil ver que su agenda de política exterior ha quedado agotada.

Iberoamérica ya no precisa a España ni a la UE para lograr sus objetivos mundiales y tampoco busca en ellas inspiración política ni económica. En cuanto al Mediterráneo, 15 años después del lanzamiento del Proceso de Barcelona, la “eurpearización” de la región mediterránea sigue más sin completarse que como realidad. En cuanto a Europa, el objetivo de España era doble: integración en la UE y, a la vez, integración de Europa.

Con el lema ideado por el ensayista y filósofo José Ortega y Gasset –“España es el problema; Europa, la solución”, el europeísmo español no sólo ha sido sólo una política destinada a satisfacer un interés nacional, sino un instinto, un reflejo. Para cada problema había una solución: “Más Europa”. Sin embargo, la UE es ahora una entidad de 27 miembros que ha alcanzado los límites de la integración política, está desgastada por sucesivas ampliaciones y desorientada en cuanto a su papel mundial. En otras palabras, Europa se ha convertido en un problema en sí misma, lo que obliga a España a poner en cuestión sus creencias más profundas.

Como lo muestra la lucha por participar en el G 20, la falta de voluntad internacional de Europa deja a España en una complicada situación. Sin una UE que hable y se comporte como un verdadero actor mundial, España se siente obligada a comportarse como las otras grandes economías de la UE y a luchar por su porción de poder en los organismos internacionales, satisfaciendo bilateralmente sus acuerdos estratégicos con las mayores potencias. Ahora, el país sabe que ha de mirar más allá de Europa, Iberoamérica y el Mediterráneo, pero alberga dudas sobre cómo y cuándo, con o sin Europa.

España ha madurado, pero no ha encontrado un lenguaje en política exterior coherente.

Este artículo ha sido publicado en la separata Informe especial sobre España Financial Times, Reino Unido, 09-06-10.

José Ignacio Torreblanca es director de la oficina de ECFR en Madrid.

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