HACER UN OBAMA

Por José Ignacio Torreblanca

El Capitán Charles Boycott era un mal tipo. Administraba las tierras que el Earl de Erne poseía en el condado de Mayo en Irlanda, allá por 1880. Cuando, tras una cosecha muy escasa, sus arrendatarios reclamaron una reducción de la renta, no sólo se negó a acceder a la petición, sino que los expulsó de las tierras. La reacción de la comunidad fue ejemplar: nadie acudió a cultivar sus tierras, ni a cuidar sus establos, y ni siquiera le volvieron a dirigir la palabra. Se dice que ni el cartero le llevaba el correo a casa. Tan efectiva fue la reacción (pues Boycott acabó emigrando a Inglaterra) que pronto su apellido se convirtió en un verbo sinónimo de ostracismo. Desde luego, hay maneras y maneras de pasar a la historia.

Un siglo más tarde, en el lenguaje de las relaciones internacionales se está poniendo de moda el giro “hacer un Obama” (to do an Obama). Como recordarán, el presidente Obama suspendió la cumbre con la Unión Europea como protesta por la ausencia de contenido. Muchos interpretaron el desaire como una muestra de la falta de sensibilidad con Europa de este presidente afro-hawaiano. Algunos incluso se alegraron, esperando que el pescozón que propinó Obama a una dormida Unión Europea sirviera para que ésta despertara definitivamente del letargo y se pusiera las pilas multipolares. Cierto que sorprendió el gesto, pero aún más el coraje de que alguien se atreviera a decir lo que todo el mundo piensa de las cumbres con la Unión Europea: que son enormemente aburridas y que la mayoría de las veces no sirven para nada.

Bueno, para nada exactamente, no. Algunos las encuentran muy útiles para lograr objetivos, no de política exterior, sino de política doméstica. Piénsese en los 10 países latinoamericanos (Brasil desgraciadamente incluido) que a principios de mes amenazaron con cancelar su asistencia a la VI Cumbre Unión Europea-América Latina si se invitaba a Porfirio Lobo, el presidente de Honduras. O en la amenaza de Siria y Egipto de no asistir a la cumbre de la Unión por el Mediterráneo que se celebrará en junio si asiste el ministro de Exteriores israelí, Avigdor Lieberman. Al parecer, en una región que es un ejemplo de democracia para el resto del planeta, Porfirio Lobo no tiene las suficientes credenciales democráticas para compartir mesa con Raúl Castro o Hugo Chávez (que, encima, ni siquiera asistirán). Y en cuanto a Lieberman, coincido en que sus puntos de vista sitúan a Israel más cerca de la Sudáfrica del apartheid que de un Estado democrático al uso. Sin embargo, una vez más, el contexto marca la diferencia, pues desde Marruecos hasta Siria no hay un régimen árabe que pueda dar lecciones de democracia a Israel.

Hablando de lecciones, dos. Una, lo paradójico que resulta que España, que ha renunciado a todo tipo de condicionalidad política en sus relaciones con estos países y cree a toda costa en el “diálogo sin condiciones” (constructive engagement) se vea expuesta a las amenazas y presiones precisamente de estos mismos países. Para no ofenderlos, hablamos en bajito y por la puerta de atrás sobre democracia y derechos humanos, pero ellos nos dan las lecciones en público y por megafonía.

Segunda, peor aún, estas amenazas revelan lo poco que estas cumbres interesan a algunos de nuestros socios mediterráneos y latinoamericanos, pues si de verdad esperaran algo de ellas no se permitirían chantajearnos con tanta alegría. Aquí es donde podríamos “hacer un Obama” y decir: “de acuerdo, si ustedes no quieren venir, no lo hagan. Ya bastante nos cuesta convencer a los otros países de la Unión Europea de que presten atención a América Latina o al Mediterráneo”. Pero tanto como secretamente nos gustaría “hacer un Obama”, la verdad es que no podemos porque como hicimos en la cumbre del clima de Copenhague, los europeos hemos enseñado todas nuestras cartas y anunciado todas nuestras concesiones antes de que comiencen estas cumbres. No es manera de jugar al póquer.

Si realmente avanzar en el comercio, las inversiones o la ayuda dependiera de estas cumbres, seguro que no amenazarían con boicotearlas: véase si no lo ocurrido en la reciente cumbre Asia-Pacífico, que parecía una feria económica y geopolítica. Así que del actual modelo de cumbres, en el que, como en una montaña rusa, subes muy lentamente y con mucho esfuerzo para luego despeñarte a toda velocidad, deberíamos pasar a un modelo distinto, donde los que quieran y estén dispuestos puedan negociar e intercambiarse concesiones sobre la base de sus respectivos intereses. Como ha señalado Moisés Naím, se trata de pasar del multilateralismo al minilateralismo. Lo contrario es perpetuar un modelo más cercano al circo que a la diplomacia en el que (la verdad) no se sabe muy bien quiénes son los leones y quiénes los domadores.

Este artículo ha sido publicado en El País el lunes 17 de mayo de 2010. Si desea acceso a su traducción al inglés, haga click en el siguiente enlace alojado en el portal del Consejo Europeo de Relaciones Exteriores, ECFR en sus siglas en inglés.

José Ignacio Torreblanca es director de la oficina de ECFR en Madrid.

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