ASTHON, EN TIERRA SANTA

Por Cristina Manzano

Barack Obama acaba de complicar aún más la visita de Catherine Ashton a Oriente Medio durante esta semana, como si de entrada lo tuviera fácil. La suspensión del viaje casi iniciado de su enviado especial, George Mitchell, con el que pretendía impulsar la vuelta a las negociaciones de paz sube un peldaño más en la escalada de tensión entre Estados Unidos e Israel; pero también es más que probable que deje el periplo de Asthon por la zona en poco más que una gira de buenas intenciones.

La Unión Europea es consciente de que poco o nada se puede avanzar en la búsqueda de una solución para el conflicto palestino-israelí sin el liderazgo de EE UU. Sin embargo, este primer gran viaje de la Alta Representante tenía como objetivo demostrar la importancia que le otorgan los Veintisiete a la región, como pusieron de manifiesto en la última reunión de ministros de Exteriores celebrada en Córdoba hace unos días.

Que la presidencia española haya incluido este tema como uno de los principales de su agenda en política exterior no es de extrañar, por su enorme relevancia para la seguridad europea y mundial, pero también por el conocimiento y la implicación del ministro Moratinos en los intentos por lograr una paz duradera.

Asthon, sin embargo, llega sin un as en la manga. Sus (pocos) defensores alaban su capacidad en el cara a cara, pero, ¿cómo va a convencer a los palestinos de sentarse juntos a la mesa y tener una postura común si sólo puede hablar con una de las partes? En principio, la UE no está dispuesta a romper la prohibición internacional de dialogar con Hamás. Por otra lado, necesita reafirmar contundentemente la condena a la construcción de nuevas viviendas en Jerusalén Este, lo cual no facilitará sus conversaciones en Israel, como tampoco lo hará su previsto paso por Gaza –igualmente mal visto por Tel Aviv–, aunque sólo sea para visitar un proyecto alimentario de Naciones Unidas.

En estos momentos, nadie espera realmente mucho de este viaje. Sin embargo, el objetivo mínimo de la Alta Representante debería ser ratificar el compromiso de la UE con la región y reclamar la influencia que correspondería a su contribución económica al desarrollo: 1.000 millones de euros en 2009 en los territorios palestinos. Si los crecientes disturbios en Jerusalén no lo impiden, la solución, el próximo jueves.

Cristina Manzano es directora de FP Edición Española.

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