INSULINA PARA EUROPA

Por Pablo Colomer

El pesimismo en la Unión Europea es un fenómeno cíclico, nos dicen los manuales universitarios, pero desde hace una década parece que lo caduco ha pasado a ser crónico. Nos flagelamos a nosotros mismos con saña ante cada oportunidad no del todo bien aprovechada (por no hablar de las oportunidades perdidas) y ante cualquier decisión discutible (y cuál no lo es: decidir es elegir y, ante todo, descartar). Europa se mira al espejo (más de lo aconsejable, quizá) y parece que nunca le gusta lo que ve.

En estos últimos meses la cara más agria del europesimismo se ha cebado con nuestros nuevos buques insignia, Herman Van Rompuy y Catherine Asthon, presidente del Consejo Europeo y Alta Representante de la Unión para Asuntos Exteriores y Política de Seguridad, respectivamente. Tras ser recibidos con una mueca glacial por muchos de sus compañeros de viaje, ambos han sido atacados de manera incesante y preventiva.

En el caso de Asthon, la imagen de la depresión nos la regala Daniel Korski. “No importa qué hace o adónde va, las críticas llueven sobre ella con la familiaridad de los aguaceros de su Lancashire natal”. En la última semana, los críticos han girado en torno a su incapacidad para imponer sus criterios (en el caso de que los tuviese, añaden) en las supuestas luchas de poder provocadas por el vacío de ídem propio de esta época de transición. Véase sino la polvareda desatada por el nombramiento del Jefe de Delegación en Washington, el señor Almeida. Por su parte, Van Rompuy se ha visto obligado a soportar en su estreno en el Parlamento Europeo (sin que el presidente del mismo osase levantar la voz) una sarta de insultos proferidos por un energúmeno con sueldo de eurodiputado, que coronó su diatriba con una analogía de uso doméstico. “Usted tiene el carisma de una bayeta húmeda y el aspecto de un pequeño empleado de banca”. La lluvia ácida que tienen que soportar dos de nuestros principales representantes puede acabar calándoles hondo. ¿Es que no sabemos ser más mesurados?

Tuvo que venir un inglés (el señor Leonard, para más señas) a recordarnos que Europa se merece que la queramos más y mejor, que la debilidad es nuestro poder y la invisibilidad nuestra fuerza. Su inyección de optimismo sigue siendo más necesaria que nunca, pues Europa necesita ilusión (tanto como insulina los diabéticos) para regular los niveles de azúcar que corren por sus venas. Pero si el señor Leonard actualizase hoy día su famoso libro (Por qué Europa liderará el siglo XXI, Taurus) debería añadir que el pesimismo es nuestro combustible y la baja autoestima, nuestro atractivo. En fin. Pronto ni siquiera la autoridad moral, vieja dama de nacionalidad europea, estará de nuestra parte.

Pablo Colomer es periodista

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